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lunes, 20 de abril de 2015

una lástima...

Amor de tarde


Mario Benedetti

Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cuatro
y acabo la planilla y pienso diez minutos
y estiro las piernas como todas las tardes
y hago así con los hombros para aflojar la espalda
y me doblo los dedos y les saco mentiras.

Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cinco
y soy una manija que calcula intereses
o dos manos que saltan sobre cuarenta teclas
o un oído que escucha como ladra el teléfono
o un tipo que hace números y les saca verdades.

Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las seis.
Podrías acercarte de sorpresa
y decirme "¿Qué tal?" y quedaríamos
yo con la mancha roja de tus labios

tú con el tizne azul de mi carbónico.

jueves, 16 de abril de 2015

Por la tarde  Hervé Joncour preparó el equipaje. Después se dejó conducir a la gran habitación enchapada en piedra para el rito del baño. Se extendió, cerró los ojos y pensó en la gran jaula, loca prenda de amor. Le pusieron sobre los ojos un paño húmedo. Nunca lo habían hecho. Instintivamente trató de quitárselo pero una mano tomó la suya y la detuvo. No era la mano vieja de una vieja.
Hervé Joncour sintió el agua regarse encima de su cuerpo, sobre las piernas primero, y después a lo largo de los brazos y encima del pecho. Agua como aceite. Y un silencio extraño, alrededor. Sintió la levedad de un velo de seda que bajaba sobre él. Y las manos de una mujer –de una mujer- que lo secaban, acariciando su piel por todas partes: aquellas manos y aquel tejido urdido de nada. Él no se movió nunca, ni siquiera cuando sintió las manos subir de la espalda al cuello y los dedos –la seda y los dedos subir hasta sus labios y rozarlos, lentamente, una vez, y desaparecer.
 Hervé Joncour sintió todavía el velo de seda levantarse y alejarse de él. Lo último fue una mano que abría la suya y le depositaba algo en la palma. Esperó largo rato, en el silencio, sin moverse. Luego se quitó con lentitud el paño húmedo de los ojos. Casi no había luz en la habitación. No había nadie en torno. Se levantó, tomó la túnica que yacía doblada en el suelo, se la puso sobre los hombros, salió de la habitación, atravesó la casa, llegó delante de su estera y se acostó. Se puso a mirar la llama que temblaba, diminuta, en el farol. Y, con cuidado, detuvo el Tiempo, por todo el tiempo que quiso. Fue poca cosa, luego, abrir la mano y ver aquel folio. Pequeño. Pocos ideogramas diseñados uno debajo del otro. Tinta negra.



Alesandro Baricco, Seda

martes, 14 de abril de 2015

Tendríamos que haber convertido el amor en un censo de los fundamentos del olvido...

Todo pudo haber sido nada más que silencio

Roberto Juarroz

Todo pudo haber sido nada más que silencio.
Tendríamos que haber soñado entonces con más fuerza,
hasta que las imágenes del sueño
quedaran estampadas como figuras totales
en cualquier parte del tablero unánime.
Tendríamos que haber hecho de los ojos
un instrumento de música,
para concentrar de otra manera
los efímeros intervalos de la nada.
Tendríamos que haber convertido cada abrazo
en un único grito de materia sin dueño
y haber llevado entre los dientes una bandera de adioses,
más bien como memoria de lo que pudo haber sido
que como ondulante signo de saludo.
Y sobre todo
tendríamos que haber definido de nuevo a la muerte.

Pero todo pudo haber sido también nada más que sonido.
Tendríamos que haber recogido entonces la sombra de las cosas
y haberla guardado toda junta en un rincón del mundo,
para esconder en ella la triste anormalidad del pensamiento.
Tendríamos que haber convertido el amor
en un censo de los fundamentos del olvido,
para que creciera nada más que desde allí,
como un extraño animal
que no ocupase ningún lugar en el presente
al saltar desde el pasado hacia el futuro.
Y tendríamos que haber encogido las palabras
hasta transformarlas en neutros guijarros,
para pavimentar con ellas el camino impasible
o arrojarlas al aire demasiado sonoro
como manos suplentes del hombre.
Y sobre todo
tendríamos que haber definido de nuevo a la vida.
Pero aunque en cualquiera de ambos casos
hubiera quedado el hombre dispensado
de ser esta señal que nadie entiende ni recoge,
su forma habría seguido siendo un irónico signo
entre las nuevas definiciones,
también seguramente tautológicas,

de la vida y la muerte.

lunes, 13 de abril de 2015

Cada vez iré sintiendo menos y recordando más... (Un día léamoslo en voz alta)

Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos, un diccionario de caras y días y perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso, adelantándose solapados a la cosa en sí, al presente puro, entristeciéndonos o aleccionándonos vicariamente hasta que el propio ser se vuelve vicario, la cara que mira hacia atrás abre grandes los ojos, la verdadera cara se borra poco a poco como en las viejas fotos y Jano es de golpe cualquiera de nosotros. Todo esto se lo voy diciendo a Crevel pero es con la Maga que hablo, ahora que estamos tan lejos. Y no le hablo con las palabras que sólo han servido para no entendernos, ahora que ya es tarde empiezo a elegir otras, las de ella, las envueltas en eso que ella comprende y que no tiene nombre, auras y tensiones que crispan el aire entre dos cuerpos y llenan de polvo de oro una habitación o un verso. ¿Pero no hemos vivido así todo el tiempo, lacerándonos dulcemente? No, no hemos vivido así, ella hubiera querido pero una vez más yo volví a sentar el falso orden que disimula el caos, a fingir que me entregaba a una vida profunda de la que sólo tocaba el agua terrible con la punta de pie. Hay ríos metafísicos, ella los nada como esa golondrina está nadando en el aire, girando alucinada en torno al campanario, dejándose caer para levantarse mejor con el impuso. Yo describo y defino y deseo esos ríos, ella los nada. Yo los busco, los encuentro, los miro desde el puente, ella los nada. Y no lo sabe, igualita a la golondrina. No necesita saber como yo, puede vivir en el desorden sin que ninguna conciencia de orden la retenga. Ese desorden que es un orden misterioso, esa bohemia del cuerpo y el alma que le abre de par en par las verdaderas puertas. Su vida no es desorden más que para mí, enterrado en perjuicios que desprecio y respeto al mismo tiempo. Yo, condenado a ser absuelto irremediablemente por la Maga que me juzga sin saberlo. Ah, déjame entrar, déjame ver algún día como ven tus ojos.


Julio Cortázar, Rayuela (21)

martes, 7 de abril de 2015

Aunque me emborracho por perderte o me atiborro de estar hueco de ti, para encontrar quién eras.

No es en mi año. Alguien te tiene...
Rubén Bonifaz Nuño

No es en mi año. Alguien te tiene,
no es en mi daño. Y sin embargo
me daña en la duda lo que fuiste;
y así me acostumbro, y lo soporto,
y hasta parece que me place.

Ya sin despensas de futuro,
mutilado soy por mis desechos.
Y alegre de no vivir un día
más, me complazco porque ahora
estoy vivo. Me rasco, duermo.

De nada te vale, que, emboscado,
me chupe la hiel, y en copa de oro,
el veneno aquel que me serviste:
se me va olvidando ya el propósito
de recordarte, y ya me extraña
el haber sido quien te quiso.

Pero no sé qué me habrás dado
que me ardo de filos y herrumbres;
que anda curtido y enchilado
por aquí mi corazón, y llora.
Tan exigente en mí, tan áspera
sigues de tiránicos abrojos.

Aunque me emborracho por perderte
o me atiborro de estar hueco
de ti, para encontrar quién eras.

Uñas para rascarme alargo
insuficientes; y estos huesos,
ya sin su vestido, se me salen
y te los mando, y en tu almohada
los dientes pela, ojos redondos,
otra calavera que es la mía.

Y habrán germinado qué semillas;
cuánta mala hierba habrá crecido
que, hendido sus sílabas vetustas,
hace que salten mis palabras:
losas de pavimento rotas
en la ciudad que fue del canto.


Espacio puro, impenetrable, donde guardarlo aprisionado.

Ningún otro cuerpo como el tuyo...

Rubén Bonifaz Nuño

Ningún otro cuerpo como el tuyo
vino a salir sobre la tierra,
porque él es tú. Domingo diario,
simposio y lecho y mesa puesta
para los sentidos no platónicos.

Sin verte ni oírte, voy formándole
el molde de un instante tuyo;
el estuche justo, tu morada.
Espacio puro, impenetrable,
donde guardarlo aprisionado.

Siguiendo los innumerables
peldaños infinitesimales
de tu olor, bajando y ascendiendo,
las superficies reconozco,
maravilladas, de tu cuerpo.

Hueles a escollo soleado,
a huertas en la sombra, a tienda
de perfumes; a desierto hueles,
tierra grávida, a llovizna;
a carne de nardo macerada,
a impulsos de ansias animales.

Y cada aroma halla respuesta
en un sabor que lo sostiene,
y el regusto de la sal, el agrio
del fruto en agraz; dulcísimo,
el del fruto maduro y pleno,
el amargor donde floreces,
mezclándose, ardiendo, disolviéndose,
hacen de ti un sabor; el único
sabor, el que te vuelve en suya.

Y con él completo la armadura
del perfecto espacio: tu recinto

inequívoco, el sitio de ti misma.

miércoles, 1 de abril de 2015

Si te llevo en mí prendida y te acaricio y escondo; si te alimento en el fondo de mi más secreta herida...

Décima muerte
Xavier Villaurrutia
¡Qué prueba de la existencia
habrá mayor que la suerte
de estar viviendo sin verte
y muriendo en tu presencia!
Esta lúcida conciencia
de amar a lo nunca visto
y de esperar lo imprevisto;
este caer sin llegar
es la angustia de pensar
que puesto que muero existo.

Si en todas partes estás,
en el agua y en la tierra,
en el aire que me encierra
y en el incendio voraz;
y si a todas partes vas
conmigo en el pensamiento,
en el soplo de mi aliento
y en mi sangre confundida
¿no serás, Muerte, en mi vida,
agua, fuego, polvo y viento?

Si tienes manos, que sean
de un tacto sutil y blando
apenas sensible cuando
anestesiado me crean;
y que tus ojos me vean
sin mirarme, de tal suerte
que nada me desconcierte
ni tu vista ni tu roce,
para no sentir un goce
ni un dolor contigo, Muerte.

Por caminos ignorados,
por hendiduras secretas,
por las misteriosas vetas
de troncos recién cortados
te ven mis ojos cerrados
entrar en mi alcoba oscura
a convertir mi envoltura
opaca, febril, cambiante,
luminosa, eterna y pura,
en materia de diamante.

No duermo para que al verte
llegar lenta y apagada,
para que al oír pausada
tu voz que silencios vierte,
para que al tocar la nada
que envuelve tu cuerpo yerto,
para que a tu olor desierto
pueda, sin sombra de sueño,
saber quede ti me adueño,
sentir que muero despierto.

La aguja del instantero
recorrerá su cuadrante,
todo cabrá en un instante
del espacio verdadero
que, ancho, profundo y señero,
será clásico a tu paso
de modo que el tiempo cierto
prolongará nuestro abrazo
y será posible acaso,
vivir después de haber muerto.

En el roce, en el contacto,
en la inefable delicia
de la suprema caricia
que desemboca en el acto,
hay el misterioso pacto
del espasmo delirante
en que un cielo alucinante
y un infierno de agonía
se funden cuando eres mía
y soy tuyo en un instante.

Hasta en la ausencia estás viva:
porque te encuentro en el hueco
de una forma y en el eco
de una nota fugitiva;
porque en mi propia saliva
fundes tu sabor sombrío,
y a cambio de lo que es mío
me dejas sólo el temor
de hallar hasta en el sabor
la presencia del vacío.

Si te llevo en mí prendida
y te acaricio y escondo;
si te alimento en el fondo
de mi más secreta herida;
si mi muerte te da vida
y goce mi frenesí
¡qué será, Muerte, de ti
cuando al salir yo del mundo,
deshecho el nudo profundo,
tengas que salir de mí?

En vano amenazas, Muerte,
cerrar la boca a mi herida
y poner fin a mi vida
con una palabra inerte.
¡Qué puedo pensar al verte,
si en mi angustia verdadera
tuve que violar la espera;
si en la vista de tu tardanza
para llenar mi esperanza

no hay hora en que yo no muera!