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lunes, 11 de mayo de 2015

Te busco
Gioconda Belli

Sola yo, amor,
y vos quién sabe dónde;
tu recuerdo me mece como al maíz el viento
y te traigo en el tiempo,
recorro los caminos,
me río a carcajadas
y somos los dos juntos
otra vez,
junto al agua.
Y somos los dos juntos
otra vez,
bajo el cielo estrellado
en el monte,
de noche.
Yo, amor, he aprendido a coser con tu nombre,
voy juntando mis días, mis minutos, mis horas
con tu hilo de letras.
Me he vuelto alfarera
y he creado vasijas para guardar momentos.
Me he soltado en tormenta
y trueno y lloro de rabia por no tenerte cerca,
en viento me he cambiado,
en brisa, en agua fresca
y azoto, mojo, salto
buscándote en el tiempo
de un futuro que tiene

la fuerza de tu fuerza.
Comienza en lunes
Eliseo Diego

La eternidad por fin comienza un lunes
y el día siguiente apenas tiene nombre
y el otro es el oscuro, al abolido.
Y en él se apagan todos los murmullos
y aquel rostro que amábamos se esfuma
y en vano es ya la espera, nadie viene.
La eternidad ignora las costumbres,
le da lo mismo rojo que azul tierno,
se inclina al gris, al humo, a la ceniza.
Nombre y fecha tú grabas en un mármol,
los roza displicente con el hombro,
ni un montoncillo de amargura deja.
Y sin embargo, ves, me aferro al lunes
y al día siguiente doy el nombre tuyo
y con la punta del cigarro escribo

en plena oscuridad: aquí he vivido.

martes, 5 de mayo de 2015

La soledad no miente a tu sentido. Reina la pura sombra sosegada.

Sombra final

Vicente Aleixandre

Pensamiento apagado, alma sombría,
¿quién aquí tú, que largamente beso?
Alma o bulto sin luz, o letal hueso
que inmóvil consumió la fiebre mía.

Aquí ciega pasión se estrelló fría,
aquí mi corazón golpeó obseso,
tercamente insistió, palpitó opreso.
Aquí perdió mi boca su alegría.

Entre mis brazos ciega te he tenido,
bajo mi pecho respiraste amada
y en ti vivió mi sangre tu latido.

Oh noche oscura. Ya no espero nada.
La soledad no miente a tu sentido.

Reina la pura sombra sosegada.

La soledad en que una mañana nos hemos despertado, caídos, derribados de alguna parte, casi no pudiendo reconocernos.

Mirada final

Vicente Aleixandre

La soledad, en que hemos abierto los ojos.
La soledad en que una mañana nos hemos despertado, caídos,
derribados de alguna parte, casi no pudiendo reconocernos.
Como un cuerpo que ha rodado por un terraplén
y, revuelto con la tierra súbita, se levanta y casi no puede reconocerse.
Y se mira y se sacude y ve alzarse la nube de polvo que él no
es, y ve aparecer sus miembros,
y se palpa: Aquí yo, aquí mi brazo, y este mi cuerpo, y
esta mi pierna, e intacta está mi cabeza;
y todavía mareado mira arriba y ve por dónde ha rodado,
y ahora el montón de tierra que le cubriera está a sus pies y él emerge,
no sé si dolorido, no sé si brillando, y alza los ojos y el cielo destella
con un pesaroso resplandor, y en el borde se sienta
y casi siente deseos de llorar. Y nada le duele,
pero le duele todo. Y arriba mira el camino,
y aquí la hondonada, aquí donde sentado se absorbe
y pone la cabeza en las manos; donde nadie le ve, pero un cielo
azul apagado parece lejanamente contemplarle.
Aquí, en el borde del vivir, después de haber rodado toda la
vida como un instante, me miro.
Esta tierra fuiste tú, amor de mi vida? Me preguntaré así
cuando en el fin me conozca, cuando me reconozca y despierte,
recién levantado de la tierra, y me tiente, y sentado en la
hondonada, en el fin, mire un cielo
piadosamente brillar?

No puedo concebirte a ti, amada de mi existir, como solo
una tierra que se sacude al levantarse, para acabar cuando el
largo rodar de la vida ha cesado.
No, polvo mío, tierra súbita que me ha acompañado todo el vivir.
No, materia adherida y tristísima que una postrer mano, la mía
misma, hubiera al fin de expulsar.
No: alma más bien en que todo yo he vivido, alma por la que me fue la vida posible
y desde la que también alzaré mis ojos finales
cuando con estos mismos ojos que son los tuyos, con los que mi alma contigo todo lo mira,
contemple con tus pupilas, con las solas pupilas que siento bajo
los párpados,  en el fin el cielo piadosamente brillar.


lunes, 4 de mayo de 2015

tal vez...

Final

Gilberto Owen

Mañana. Acaso el sol golpea en dos ventanas que entran en erupción.
Antes salen los indios que pasan al mercado tiritando con todo el trópico a la espalda.
Y aún antes
los amantes se miran y se ven tan ajenos que se vuelven la espalda.

Antes aún
ese ángel de la guarda que se duerme borracho mientras allí a la vuelta matan a su pupilo:
¿Qué va a llevar más que el puñal del grito último a su Amo?
¿Qué va a mentir?

'Lo hiciste cieno y vuelve humo pues ardió como te amo'.

Tal vez mañana el sol en mis ojos sin nadie,
tal vez mañana el sol,
tal vez mañana,

tal vez.

domingo, 3 de mayo de 2015

Caer en ti...

Cada día caigo enfermo. No sé a qué hora, ni sé en qué momento, pero caigo enfermo. Amanece, despierto y pasa el tiempo, el transcurso del día y caigo enfermo; me doy cuenta y ya lo siento.
No importa si me han hecho estudios, ni si tomé filtros, píldoras o mis tónicos, caigo enfermo. No importa si el día es bello, soleado, lluvioso o triste, caigo enfermo.

Entonces, sé cuál es mi remedio. Basta con llegar la noche, al salir la luna, ocurre y sucede la mejor hora del día , al entrar al lecho, al momento de ir al sueño, al recostarme ahí contigo, abrazados y estar juntos refundidos en un solo movimiento y en un solo personaje; ahí con tu pecho en mis espaldas, latiendo juntos corazones, así, ese es mi remedio y medicina; ahí, entonces, me vuelve el bienestar perdido, recupero la salud. Es la mejor hora del día, mi volver a ti y contigo, mi salud, refugio y motor catalizante, para seguir la vida, para recibir un nuevo día.