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lunes, 17 de noviembre de 2014

1711

̶ Voy a secuestrar tu tarde frente al mar. Detuvieron el paso, él le ofreció la mano… ha pasado tanto desde entonces, se ha olvidado tanto; pero hoy, el repetir esa oración, trajo la lluvia de regreso. 
Tristes guerras
Miguel Hernández

Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.

Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.

Tristes hombres
si no mueren de amores.

Tristes, tristes.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Cuando al decir adiós, se desea no partir.

Ahora lo entiendo... Los extranjeros son espectros de tierras ajenas. Por eso la gente los reconoce -nos reconoce, porque todos lo somos en algún lugar. Andamos por ahí, ligeros, sin tanta piel y llenos de recuerdos, sin descubrirnos en ninguna parte.
Quizá todos somos extranjeros de nosotros mismos, incluso en ciudades oscuras como esta, todos suaves, bellos y completamente fuera de la realidad. Extranjeros en cuerpos que ciertos días quisieran desalojarnos y abrirse a mejores inquilinos, de esos que no se hacen tantas preguntas, de esos que besan y postergan como si la vida fuera nuestra.
Hay años en que uno se consolida como extranjero porque decide empezar más de una aventura, soltarse, dejarse caer y conocer. Sucede también en esos años, que uno se siente más feliz que nunca, cuándo, cuando cierta tarde estuvo nuestro reflejo en los ojos de quien se robo los suspiros y el amor de tantos años. También suceden las sonrisas más puras, en los días en que los extranjeros buscan direcciones que no existen y a pesar de ello, llegan a un sitio cálido y ahí pueden confesar que se le ha roto el corazón.
Los amigos de los extranjeros son pocos, quizá ni siquiera los tengan, porque les asusta saber que pertenecen, los compromete a ser y estar, así son los extranjeros: tienen tan poco que cuando quieren, entregan la confianza y su lealtad.
Así somos los extranjeros, tenemos las maletas listas al pie de la cama, partir no es lo que más nos importa, sino olvidar; diluir siluetas entre la última luz de la tarde y en ciertos días, necesitamos decir Adiós. 


miércoles, 12 de noviembre de 2014

Centímetro a centímetro

Rubén Bonifaz Nuño

-Piel, cabello, ternura, olor, palabras-
mi amor te va tocando.
Voy descubriendo a diario, convenciéndome
de que estás junto a mí, de que es posible
y cierto; que no eres,
ya, la felicidad imaginada,
sino la dicha permanente,
hallada, concretísima; el abierto
aire total en que me pierdo y gano.

Y después, qué delicia
la de ponerme lejos nuevamente.
Mirarte como antes
y llamarte de "usted", para que sientas
que no es verdad que te haya conseguido;
que sigues siendo tú, la inalcanzada;
que hay muchas cosas tuyas
que no puedo tener.

Qué delicia delgada, incomprensible,
la de verte lejos,
y soportar los golpes de alegría
que de mi corazón ascienden
al acercarse a ti por vez primera;
siempre por primera, a cada instante.
Y al mismo tiempo, así, juego a perderte
y a descubrirte, y sé que te descubro
siempre mejor de como te he perdido.

Es como si dijeras:
"Cuenta hasta diez, y búscame", y a oscuras
yo empezara a buscarte, y torpemente
te preguntara: ¿estás allí?", y salieras
riendo del escondite,
tú misma, sí, en el fondo; pero envuelta
en una luz distinta, en un aroma

nuevo, con un vestido diferente.

Porque hay meses que son difíciles de soltar...

Espera, octubre...
Gilberto Owen

Espera, octubre.
No hables, voz. Abril disuelve apenas
la piel de las estatuas en espuma,
aún canta en flor el árbol de las venas,
y ya tu augurio a ras del mar, tu bruma
que sobre el gozo cuelga sus cadenas,
y tu clima de menta, en que se esfuma
el pensamiento por su laberinto
y se ahonda el laberinto del instinto.

No quemes, cal. No raye las paredes
de aire de abril de mi festín tu aviso.
Si ya me sabes presa de tus redes,
si a mi soñar vivir nací sumiso,
vuelve al sueño real de que procedes,
déjame roca el humo infiel que piso,
deja a mi sed el fruto, el vino, el seno,
y a mi rencor su diente de veneno.

Espejo, no me mires todavía.
Abril nunca es abril en el desierto,
y me espía tu noche todo el día
para que al verte yo me mire muerto;
Narciso no murió de egolatría,
sí cuando le enseñé que eres incierto,
que eres igual al hombre que te mira

y que al mirarse en ti ya no se mira.