̶ Voy a secuestrar tu tarde frente al mar. Detuvieron el
paso, él le ofreció la mano… ha pasado tanto desde entonces, se ha olvidado
tanto; pero hoy, el repetir esa oración, trajo la lluvia de regreso.
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lunes, 17 de noviembre de 2014
sábado, 15 de noviembre de 2014
jueves, 13 de noviembre de 2014
Cuando al decir adiós, se desea no partir.
Ahora lo
entiendo... Los extranjeros son espectros de tierras ajenas. Por eso la gente
los reconoce -nos reconoce, porque todos lo somos en algún lugar. Andamos por
ahí, ligeros, sin tanta piel y llenos de recuerdos, sin descubrirnos en ninguna
parte.
Quizá
todos somos extranjeros de nosotros mismos, incluso en ciudades oscuras como
esta, todos suaves, bellos y completamente fuera de la realidad. Extranjeros en
cuerpos que ciertos días quisieran desalojarnos y abrirse a mejores inquilinos,
de esos que no se hacen tantas preguntas, de esos que besan y postergan como si
la vida fuera nuestra.
Hay
años en que uno se consolida como extranjero porque decide empezar más de una
aventura, soltarse, dejarse caer y conocer. Sucede también en esos años, que
uno se siente más feliz que nunca, cuándo, cuando cierta tarde estuvo nuestro
reflejo en los ojos de quien se robo los suspiros y el amor de tantos años. También
suceden las sonrisas más puras, en los días en que los extranjeros buscan
direcciones que no existen y a pesar de ello, llegan a un sitio cálido y ahí pueden
confesar que se le ha roto el corazón.
Los
amigos de los extranjeros son pocos, quizá ni siquiera los tengan, porque les
asusta saber que pertenecen, los compromete a ser y estar, así son los
extranjeros: tienen tan poco que cuando quieren, entregan la confianza y su
lealtad.
Así somos los extranjeros, tenemos las maletas listas al pie de la cama, partir no es lo que más nos importa, sino olvidar; diluir siluetas entre la última luz de la tarde y en ciertos días, necesitamos decir Adiós.
Así somos los extranjeros, tenemos las maletas listas al pie de la cama, partir no es lo que más nos importa, sino olvidar; diluir siluetas entre la última luz de la tarde y en ciertos días, necesitamos decir Adiós.
miércoles, 12 de noviembre de 2014
Centímetro a
centímetro
Rubén
Bonifaz Nuño
-Piel,
cabello, ternura, olor, palabras-
mi amor te
va tocando.
Voy
descubriendo a diario, convenciéndome
de que estás
junto a mí, de que es posible
y cierto;
que no eres,
ya, la
felicidad imaginada,
sino la
dicha permanente,
hallada,
concretísima; el abierto
aire total
en que me pierdo y gano.
Y después,
qué delicia
la de
ponerme lejos nuevamente.
Mirarte como
antes
y llamarte
de "usted", para que sientas
que no es
verdad que te haya conseguido;
que sigues
siendo tú, la inalcanzada;
que hay
muchas cosas tuyas
que no puedo
tener.
Qué delicia
delgada, incomprensible,
la de verte
lejos,
y soportar
los golpes de alegría
que de mi
corazón ascienden
al acercarse
a ti por vez primera;
siempre por
primera, a cada instante.
Y al mismo
tiempo, así, juego a perderte
y a
descubrirte, y sé que te descubro
siempre
mejor de como te he perdido.
Es como si
dijeras:
"Cuenta
hasta diez, y búscame", y a oscuras
yo empezara
a buscarte, y torpemente
te
preguntara: ¿estás allí?", y salieras
riendo del
escondite,
tú misma,
sí, en el fondo; pero envuelta
en una luz
distinta, en un aroma
nuevo, con
un vestido diferente.
Porque hay meses que son difíciles de soltar...
Espera, octubre...
Gilberto Owen
Espera, octubre.
No hables, voz. Abril
disuelve apenas
la piel de las estatuas en
espuma,
aún canta en flor el árbol de
las venas,
y ya tu augurio a ras del
mar, tu bruma
que sobre el gozo cuelga sus
cadenas,
y tu clima de menta, en que
se esfuma
el pensamiento por su
laberinto
y se ahonda el laberinto del
instinto.
No quemes, cal. No raye las
paredes
de aire de abril de mi festín
tu aviso.
Si ya me sabes presa de tus
redes,
si a mi soñar vivir nací
sumiso,
vuelve al sueño real de que
procedes,
déjame roca el humo infiel
que piso,
deja a mi sed el fruto, el
vino, el seno,
y a mi rencor su diente de
veneno.
Espejo, no me mires todavía.
Abril nunca es abril en el
desierto,
y me espía tu noche todo el
día
para que al verte yo me mire
muerto;
Narciso no murió de
egolatría,
sí cuando le enseñé que eres
incierto,
que eres igual al hombre que
te mira
y que al mirarse en ti ya no
se mira.
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