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domingo, 7 de septiembre de 2014

ella observa la ciudad ardiente y cree ver su casa lejos entre otras muchas...

Y saluda a su ausencia

José Agustín Goytisolo

Noche de los amantes: la seducen
los momentos que vive. Ahora se mira,
acaricia su cuerpo muy despacio
mientras piensa por Dios que aún es hermosa.

Noche de los amantes; él se acerca,
la abraza por la espalda ante el espejo
y así enlazados van a la vidriera.
Puso la mano ahí: tacto y dulzura.

Noche de los amantes: ella observa
la ciudad ardiente y cree ver su casa
lejos entre otras muchas. Mueve un brazo

y saluda a su ausencia. Y se estremece.

viernes, 5 de septiembre de 2014

pocos en español, pocos tan hermosos

La palabra RECONOCER es de mis favoritas. A parte de su significado literal, connota un significante. Se trata de un palíndromo: leerlo de izquierda a derecha resulta igual que leerlo de derecha a izquierda. En eso consiste el reconocer…

sólo...

Se me ocurrió la impulsiva idea de asomarme a la ventana y esperar a que pasara. Como si por olvido o descuido abandonara la obstinada decisión de no volver a caminar mi calle (me pertenece).
Sólo fue el destello de una idea. En realidad solo abrí la ventana para dejar entrar la noche.

Sólo fue un fugaz pensamiento. En realidad encadené la ventana, cerré la cortina y apagué la luz.

jueves, 4 de septiembre de 2014

eres cuanto espacio es posible: no hay distancia.

Poema V, lago de dos superficies

Carmen Bullosa

Lago de dos superficies,
mar suspenso:
todo en la palma de tu mano,
como grano de luz,
con una placidez incomprensible:
no hay tiempo, no hay premura alguna,
eres cuanto espacio es posible:

no hay distancia.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

y el viaje de mis manos y mis labios llenó todo tu cuerpo de rocío

En una de esas tardes...

Carlos Pellicer

En una de esas tardes
sin más pintura que la de mis ojos,
te desnudé
y el viaje de mis manos y mis labios
llenó todo tu cuerpo de rocío.

Aquel mundo amanecido por la tarde,
con tantos episodios sin historias,
fue silenciosamente abanderado
y seguido por pueblos de ansiedades.

Entre tu ombligo y sus alrededores
sonreían los ojos de mis labios
y tu cadera,
esfera en dos mitades,
alegró los momentos de agonía
en que mi vida huyó para tu vida.

Estamos tan presentes,
que el pasado no cuenta sin ser visto.
No somos lo escondido;
en el torrente de la vida estamos.

Tu cuerpo es lo desnudo que hay en mí
toda el agua que va rumbo a tus cántaros.
Tu nombre, tu alegría…
Nadie lo sabe;

ni tú misma a solas.

lunes, 1 de septiembre de 2014

mirando un mundo extraño que visto de cabeza parecía más amable, más de uno.

Día 2, año 2, 3 y 4...

El recorrido por los años no es sencillo, los recuerdos se escapan presurosos como el agua del mar entre los dedos. Resulta que recuerdo casi nada de estos años, supongo por lo que veo en las fotos que aprendí a caminar, seguro a hablar, aunque no creo haberlo hecho mucho, a decir verdad no es algo que se me dé. Lo que recuperé de entre la húmeda nostalgia tiene que ver con canciones, mis abuelos, con vacas y miradas del mundo al revés:
Fui una niña de guardería, con padres que trabajaban por un futuro mejor… diré que a mi madre casi no la recuerdo, de mi papá lo más nítido que tengo es su voz cantándome una trágica canción sobre cierto oso carpintero cuya fortuna estaba en manos de un noble venado. La cantaba siempre que me llevaba en el asiento trasero del bocho, creo que era blanco o azul, quizá rojo. Me gustaba hacerme la dormida para que me bajara cargando y recién cruzábamos la puerta, el profundo sueño se terminaba y yo a correr.
Luego de la guardería me cuido mi abuela, que dicho sea de paso, cuidaba a varios más (el altísimo precio de tener más de una docena de hijos). Yo usaba unos horrendos zapatos ortopédicos para corregir mis pies planos como reglas, cosa que no sucedió… así que aquella tortura física, porque me lastimaban y emocional porque eran feos como ellos solos, sirvió de casi nada. Yo hubiera querido unos zapatitos rojos de charol con pulsera como los que cierta niña tenía, es creo mi primer recuerdo envidioso… por qué yo no tenía esos lindos zapatos, por qué.

Me gusta la leche, en esos años ya me gustaba, quizá siempre me gustó… detrás de casa de mis abuelos había un establo donde muchas Corderas enormes, estaban ahí siempre con sus ojos tristes y su pausado rumiar. Acompañaba a mi abuela por un bote grande, lleno a tope de leche; cuando la hervía me daba la nata que salía, nata con azúcar… ya no hay nata como esa. También me daba leche, mamilas de leche con chocolate, ese sabor aún me ayuda al bien dormir tras los días oscuros… seguro a todos los niños les dan mamilas de leche a esa edad, pero no todos la beben en un desvencijado sillón con la cabeza colgando del asiento, los cabellos despeinados por la gravedad, mirando un mundo extraño que visto de cabeza parecía más amable, más de uno.

Y acabar de morir, morir enteramente, huir con la memoria, con toda la memoria...

Olvido
Efrén Hernández

Lo que una vez, perecedero, ha sido;

lo que ahora ya no es, lo ahora ausente,

lo desaparecido,

la memoria lo guarda

dolorida amorosa, insuficiente.


Recordar es arder, morir, quemarse un poco

por reencender un poco lo extinguido.


Y acabar de morir,

morir enteramente,

huir con la memoria,

con toda la memoria

y todo el corazón, a donde ha huido

lo desaparecido


para siempre jamás, eso es olvido.